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Papá Estado, Mamá Crisis

Posted by Ignacio Cabello en 13 diciembre, 2012


Ya estableció Adam Smith en La riqueza de las Naciones los límites del poder del Estado a la hora de gobernar un país. Según las ideas ilustradas y liberales del siglo XVIII, las principales obligaciones del Estado quedaban reducidas al orden y la seguridad interna, a la defensa militar frente a enemigos externos, y al mantenimiento de ciertas obras de orden público.

Pero, ¿cuándo una obra es considerada pública? De acuerdo con esta ideología liberal, el Estado es el encargado de realizar funciones que supongan un bien común para toda la sociedad, obras públicas en las que un particular nunca llegaría a invertir por el poco interés económico que éstas susciten en dicho empresario. Es decir, cumplir aquellas funciones incompatibles con los beneficios e intereses individuales que se espera de la iniciativa privada.

En la mentalidad individualista y burguesa de los siglos XVIII y XIX, cuajaron bien estas ideas, puesto que prevalecía el bien individual o particular frente al bien común. El hombre europeo decimonónico se movía por intereses personales buscando obtener el mayor beneficio económico de cierta actividad. Así, dejaron al Estado el poder y el deber de erigir estructuras públicas, fundamentales para el buen funcionamiento del país.

Sin duda está bien planteado, el Estado se debe encargar de mantener el orden, tanto interno como frente al exterior, y de crear y sustentar ciertas instituciones y organizaciones públicas que garanticen un correcto funcionamiento del país. Pero como todo, hasta un cierto punto, y según mi parecer hemos sobrepasado con creces ese punto.

El hombre de nuestro tiempo es plenamente individualista, nadie –salvo en ocasiones y casos contados, me atrevo a decir– mira por el bien común de la sociedad a la que pertenece. Todos, y en esto me incluyo, nos movemos por intereses personales, sufrimos de “ombliguitis” y no miramos más allá de lo que directamente nos afecta.

Pongamos un ejemplo sencillo. Todos hemos estado, si no seguimos todavía, en el colegio, y la escena que me dispongo a describir muy probablemente sea familiar a todos nosotros. En el aula hay una pelota de papel que previamente ha servido a un adolescente cualquiera como “proyectil de guerra”. Pongamos que la ha lanzado a las nueve de la mañana al comenzar las clases, pues bien, ya pueden pasar alumnos delante de ella, que ésta permanecerá en su sacro sitio hasta el final de la jornada escolar. ¿Por qué ningún estudiante se ha parado y agachado para recoger la dichosa bolita de papel? La respuesta es sencilla: porque más tarde, hacia las siete de la tarde, un equipo de limpieza pasará por las aulas y limpiará la porquería que los alumnos han dejado a su paso.

Siempre esperamos que algo externo a nosotros nos solucione los problemas, y quien dice problemas dice ‘tareas no gratas’; vamos, que no nos apetecen o resultan atractivas. Continuamente pensamos que otro vendrá y arreglará las cosas, que no somos nosotros los que tenemos que tomar iniciativa y movernos frente a los problemas.

¿Me tropiezo al salir de mi casa con un adoquín mal encajado y me lesiono la rodilla? No lo dudes, el primer culpable de que me haya lastimado la pierna es el Estado, que no ha enviado un equipo élite de arquitectos para arreglar dicho adoquín. Lo menos razonable en los tiempos que corren, en que Papá Estado está ‘acostándose’ con Mamá Crisis, es esperar que el gobierno nos lo dé todo hecho.

Es verdad que ésta es una actitud fruto de una mentalidad basada en la sociedad aburguesada del bienestar, y que difícilmente vamos a poder cambiar. ¿No sería bonito que nosotros, miembros de ésta sociedad tomásemos la iniciativa y nos ayudásemos para afrontar o intentar solucionar los problemas comunes como una comunidad sin depender tan radicalmente del Estado? Hasta donde yo sé, esto se fundamenta en el principio de subsidiariedad, que dice que debe haber tanta acción de la sociedad –es decir, nosotros– como sea posible y tanta acción del Estado como sea necesario. Pero eso, lo justo y necesario para que la acción de la sociedad pueda dar frutos positivos.

El problema hoy en día es que el gobierno cede ante la mentalidad, e interviene  cada vez más en distintos aspectos del bien común. Si este sector público redujese sus funciones, a lo mejor nos daríamos cuenta de que somos nosotros, las personas, los que debemos movernos y ponernos en juego.

No obstante, también es cierto que ya se están dando iniciativas siguiendo esta línea, de vecinos que ante una necesidad común, como la de replantar una zona verde que ha sufrido un incendio, se ponen manos a la obra, y juntos con la ayuda necesaria logran llegar a una solución efectiva.

Estamos lejos de conseguir un cambio tan radical en la forma de pensar y de actuar, pero nunca es tarde para empezar a educar y a educarnos en unos principios más solidarios y unitarios, para que primen los intereses y el bien común sobre los individuales, y que por tanto podamos desligar el concepto de bien común a una entidad gubernamental como es el Estado.

Ignacio Cabello

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